Pachu Montero, hincha del Lobo, peronista y una batalla contra las adicciones: “La calle enseña, pero no educa”

Pachu Montero, hincha del Lobo, peronista y una batalla contra las adicciones “La calle enseña, pero no educa”
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Durante décadas, Sergio Fabián Montero, conocido como “Pachu”, fue una figura inconfundible de La Plata. Hincha de Gimnasia y Esgrima La Plata y de identidad peronista, se convirtió en un personaje emblemático de las calles platenses con el rostro y las manos pintados de blanco, inmóvil como una estatua viviente. Sus ocurrencias, su personalidad frontal y sus polémicas lo hicieron conocido entre vecinos y turistas, aunque detrás de esa imagen también había una historia marcada por las adicciones y las pérdidas personales.

Antes de convertirse en La Estatua, Montero había conocido otra vida ligada a la noche platense. Durante los años 80 organizaba fiestas, ganaba buen dinero y soñaba con dedicarse a la música. Sin embargo, su acercamiento a la cocaína cambió su rumbo. “Esa vez probé la cocaína y no paré más hasta que perdí todo”, reconoció en una entrevista con El Día. La adicción lo llevó a perder sus bienes y a atravesar tratamientos de rehabilitación para intentar reconstruir su vida.

Fue en medio de esas dificultades cuando comenzó a desarrollar su personaje artístico. Lo que surgió como una forma de ganarse la vida terminó convirtiéndose en su identidad y en una postal característica de la ciudad. “La Estatua le ganó a ese ser maligno que era Pachuli”, decía al recordar la transformación que le permitió alejarse de los ambientes que asociaba con sus años más oscuros.

Con una personalidad frontal y polémica, Pachu también participó en movilizaciones, reclamos sociales e incluso se postuló como candidato a concejal. Su pasión por Gimnasia y su identificación con el peronismo formaban parte de una identidad que expresaba sin medias tintas. La muerte de su hija Abril, en 2024, fue otro golpe doloroso en una vida atravesada por momentos difíciles. Este miércoles, a los 61 años, fue encontrado sin vida en su casa de Altos de San Lorenzo, dejando atrás una historia que forma parte de la memoria urbana platense.

En una de sus reflexiones más crudas, Montero dejó una frase que resumía parte de su experiencia y las marcas que le dejó su recorrido: “La calle enseña, pero no educa”.